EL EXTRAÑO CASO DEL HOMBRE
AL QUE LE SUCEDIÓ LO IMPOSIBLE

Es en casa de mi maestro Don Gabriel.

Me encuentro mirando con su hijo la pequeña veleta de plomo colocada en la ventana, debajo del vidrio de tornasoles.

Mi maestro viene y quiere enseñarme su gran veleta de nylon, roja por encima y blanca por debajo, como un parasol.

Salimos al césped frente a la casa y él va a traer una especie de paraguas de buzo que coloca en un soporte de metal clavado al suelo,

e inmediatamente comienza a girar y abrirse al mismo tiempo, extendiendo a los lados dos largas agujas con flecha de cobre,

que señalan con elegancia los dos polos norte durante unos instantes.

Luego, impulsadas por el viento, comienzan a girar como una rosa magnética.

Entonces el bombero viene con su cresta de vidrio rojo y se levanta abrazado a una de las agujas para demostrar la resistencia del aparato y su habilidad propia.

La veleta gira con el bombero y mi maestro sonríe complacido.

“Recuerdo –le digo– su debilidad por las veletas desde siempre. ¡Cuántas tenía usted cuando me enseñaba a leer! Ha sido su entretenimiento preferido.”

Él dice: –“Sí, efectivamente”, y me indica que mire alto, al cielo.

Miro. Allá están los indicadores complementarios de la veleta:

dos hileras de globos rojos que se balancean en cordeles a bastante altura.

Parecen cojines de aire, o banderas inflamadas, muy bellos.

Cada cordel tiene tres globos y en los extremos las letras de los puntos cardinales los fijan a su sitio.

El juego es muy bello, muy instructivo, y nos quedamos contemplándolo largo rato,

hasta que el maestro va al interior de la casa a buscar el imán para atraer mariposas.

En ese momento aparece un globo rojo de papel echando humo, que se enreda en uno de los cordeles que sostienen las señales en el aire.

–Va a quemar el cordel, digo. Tumbará las señales. Se está quemando el globo, digo.

Enseguida el viento lo suelta, el globo pasa por encima de la casa, y va a caer un poco más allá, apagado.

–Ahora iremos a buscarlo, digo.

Pero una de las hileras de las señales del aire comienza a desordenarse. El globo, efectivamente, ha cortado el cordel, una punta del cual se desprende y va a caer sobre la calzada.

Mi hermano y yo vamos hacia ella; yo llego primero y la tomo.

Los globos, con el viento, se mueven un poco y la punta del cordel me arrastra consigo. Tengo que emplear toda mi fuerza para retenerla.

En ese momento llega mi hermano con el otro extremo del cordel, y yo trato de añadirlo para que cuando mi maestro vuelva ya el daño esté reparado.

Le digo que el nudo debe hacerse así, pero él no está de acuerdo. Nunca estuvo en la Marina y no sabe de esto más que yo.

Mi maestro se demora tomando su coñac mientras yo, asiendo con todas mis fuerzas los extremos de los cordeles, trato de añadirlos.

De pronto el viento me levanta con el cordel. Me elevo, me elevo, y allá abajo miro la veleta y la casa que giran como un gallito de agua.